-Premio- un relato de Roberto Remi

by - junio 16, 2019


Mis recientes dificultades para hablar además de las regulares pérdidas de memoria, a mis 30 años, no interfieren con mi costumbre de ir a verificar el resultado de la lotería cada semana. Siempre aprovecho la hora de comer para entrar en el centro comercial. En el trayecto hacia la cafetería, estaba el puesto de la Pinja, la casa de apuestas más conocida del país.

Al llegar le entrego el ticket a la humilde dependienta que lo recibe sin mirarme. Mientras, atiende a otro cliente para quien teclea en la pantalla con la otra mano, finalmente espera que salga el ticket mientras mira a otro lado tarareando suavemente un raeggeton lento. Por detrás aparecen dos muchachos con aspecto de universitarios discutiendo las probabilidades de que un equipo de fútbol consiga tal o cual resultado.


—Van a empatar imbécil ¡ya verás! —decía uno de ellos.

—No no —dijo el otro—. Hoy van a ganar estúpido.
—Hoy la Chancla empata ¿si o no? —dice el primero dirigiéndose a mi exaltado.

Me giré hacia ellos y poniendo mis manos sobre sus hombros los miré fijamente, sonriendo. Estaban extrañados por mi comportamiento, me agaché ligeramente y casi susurrando les dije:


—Recuerden que participar es lo importante, el dinero no.


Les di una palmadita y ellos se miraron sin entender del todo lo que les acababa de decir, en ese momento el bip del escáner de la máquina de las apuestas llamó mi atención.


—No tiene nada señor —dice ella sin mirarme dejando caer el recibo entre sus pies.


Solté a los muchachos y giré rápidamente para ver como papel caía entre otros papeles arrugados, balanceándose y sin tener ningún doblez, destacaba entre los otros papeles. Me quedé como observando su pulcro abandono y como destacaba entre ese grupo de arrugados perdedores.


Los chicos intentaban comenzar su apuesta pero yo no me moví. La joven giró su exageradamente maquillado rostro hacia mi.


—¿Desea hacer otra apuesta para el domingo? —dijo sonriendo, pero las comisuras de sus labios estaban tensas, sentía que algo no estaba bien.


La parsimonia del raeggeton lento había desaparecido, la sentía atenta, no percibía su desinterés como hacía unos segundos.


—Quiero el ticket —dije intentando ser cordial.

—¿Pero qué números quiere jugar? —preguntó.
—Quiero el ticket que acabas de revisar —respondí suavemente.
—No está premiado señor—contestó secamente y desvió su mirada a los jóvenes que esperaban.
—Perdona —insistí— los tickets siempre se devuelven, ustedes no pueden quedarse con ellos, son los clientes los que tienen que tirarlos a no ser que te lo pidan expresamente y yo no te lo he pedido.

Los universitarios me miraron con incredulidad, como si a ellos les estuviera perjudicando mi reciente observación.


—Sí señor pero no tiene ni la devolución—argumentó Clara, ese al menos era el nombre que colgaba en la placa que llevaba en el pecho —además, a saber ¿cúal de todos estos papeles será?

—Es ese —respondí señalando a uno de los rincones del pequeño puesto.
—No me jodas —susurró uno de los muchachos que al parecer ya me comenzaba a juzgar como un paranóico.
—¿Cúal? Hay muchos —preguntaba Clara mirando al suelo y haciendo movimientos con la cabeza como buscando algo pero yo sabía que estaba mintiendo.
—El que está allí, entero sin ningún doblez —esta vez yo tenía todo el brazo dentro del puesto de loteria.

Ella se agachó y estiraba el brazo para cogerlo pero mirando hacia arriba, esto no sólo dificultaba mucho la acción, teniendo en cuenta que las dimensiones del espacio eran reducidas, sino que era la peor forma de intentar recoger un papel en un sitio así, ¿en qué estaría ella pensando?. En ese momento llegó un señor mayor renegando entre dientes  con varios tickets en la mano para ser revisados.


—Ay señor no llego a cogerlo espere un momento —me dijo mientras abría la puerta que se encontraba en el lado opuesto al que me encontraba—. Así será más fácil y tendré más espacio —lo dijo mirándome brevemente a los ojos.


Se arrodilló afuera y con el tronco dentro cogió el ticket en un sólo movimiento luego se levantó y tuve la impresión de que sus ojos se llenaban de lágrimas mientras se agachaba nuevamente como para esconderse.


—Ya está —dijo, y advertí que en realidad se agachaba para limpiarse las rodillas aún fuera del puesto de lotería.


Todavía se las sacudía cuando comencé a rodear el puesto, ella se limpiaba el polvo de la rodilla izquierda, la mano derecha estaba apoyada sobre la otra  rodilla con el recibo entre los dedos. Me pareció que tomaba aire, aceleré hacia su posición pero ya era tarde, Clara había comenzado a correr.


Intuyendo lo peor, el golpe de adrenalina me impulsó violentamente hacia adelante decidido a no dejarla escapar de ningún modo, aunque, luego de unos metros, un promedio de tres mil seiscientos cincuenta cigarros fumados en el último año se encargaron de recordarme que el aire que entraba a mis pulmones, a esa exigencia, no sería suficiente, tenía que escoger entre una carrera corta e intensa o dejarla huir.


¿No vale la pena arriesgar la vida por millones de monedas? ¿Cúal es la probabilidad de alcanzarla cuando yo sé que ella corre por el mismo objetivo? ¿De qué serías capaz por un futuro totalmente distinto en un mundo donde la victoria capitalista está totalmente asumida?


Decidí apostar por mis pocas probabilidades de alcanzarla antes de sufrir un infarto mientras sorteaba maceteros, empujaba personas y recibía miradas de desconcierto y gritos de desaprobación. El poco aire que podía administrar no lo podía gastar gritando, a cada zancada mi visión se nublaba un poco más en los bordes y me costaba mantener el foco en su espalda.


—¡Corre ímbecil! —escuché detrás de mí. Volví un instante la cabeza para comprobar que quien gritaba era uno de los universitarios, que al parecer, también se sumaban a la carrera.

—Malditos curiosos —pensé, pero no podía distraerme.

Vi que la chica llegó a la puerta gritando a los de seguridad.


—Ese loco me quiere violar Manuel, ¡me quiere violar!


La dejaban salir para proseguir su huida, mientras los dos empleados de seguridad se preparaban para detenerme. Reduje la velocidad para decir algo y cuando estuve cerca de ellos me abrí paso a golpes inesperados retomando la carrera con mucha dificultad, ya fuera el corazón me latía con fuerza pero no tan rápido como cuando tenía 20 años, sentía que algo estaba mal.


—¡Clara! —grité al verla esquivar los coches a toda la velocidad que sus pequeñas piernas le podían permitir.


Las mías temblaban mientras corrían, casi no podía respirar y podía sentir como mi ritmo era cada vez más lento a pesar de mis deseos, me odiaba por mi estado físico al ver como se alejaba. De repente tropezó, cayó aparatosamente en la vereda de enfrente, y pude ver como soltaba el bendito papel que caía a su lado, a pocos metros donde ella había caído.


—Esta es mi oportunidad pensé —mientras recuperaba la esperanza al tiempo que cruzaba la calle.


Ahora no se me va a escapar, tengo todo a favor, de hecho no siento el dolor de mis piernas, su caída me llenó de una alegría descomunal, no siento dolor en mi pecho, cada vez estoy más cerca, sigue tirada en la vereda, la suerte está de mi lado. La gente se agrupaba alrededor de ella, escuchaba los gritos de los universitarios aún detrás de mí, la chica gritaba y todos pensaban que era de dolor.


Yo sólo veía el papel abandonado en el suelo mi trayectoria no se dirigía hacia Clara, sino hacia el premio abandonado cerca del grupo que se había formado en la vereda. Unos pasos más y lo habré conseguido.


—¡Más rápido Máximo! —pensaba— ¡Más rápido!


Fue en ese momento que escuché la voz, o al menos eso creía yo.


—Máximo, ¿me escuchas? —todo estaba negro, me di cuenta que tenía los ojos cerrados y me negué a abrirlos—. Creo que sí me escucha, mira sus labios se mueven —era la voz de mi madre dirigiéndose a alguien, seguramente mi padre.


Comencé a notar la tibieza del colchón y la suavidad de las sábanas en mis manos y sentí un desasosiego inmenso, ¿había sido todo un sueño? ¿uno de aquellos vívidos? Me sentí ridículo y me resigne a abrir los ojos y ver a mi madre a los pies de mi cama despertándome como cada domingo que venía la familia, pero no estaba en casa.


Al abrirlos me di cuenta que estaba en la clínica donde me hago mis revisiones. Miré para un lado y al otro confundido.


—¡Máximo! —mi madre me abrazó sollozando, mi padre estaba al pie de la cama serio pero emocionado.

—¿Que hago aquí? —pregunté
—Otra vez la memoria —dijo mirando a mi padre, luego giró hacia mi y continuó— ¿No te acuerdas de nada?
—En esta clínica me vengo haciendo exámenes durante dos años pero nadie sabe lo que tengo, me dicen que haga mi vida normal pero no puedo y ahora que no se que carajos está pasando ¿me preguntas cosas en vez de ayudarme? —exclamé confundido por toda la situación.
—Te atropelló un coche frente al centro comercial - dijo mi padre, luego de un silencio prosiguió - no fue grave pero perdiste el conocimiento. Cuando los de la ambulancia vieron tu carnet del seguro te trajeron aquí. Lo importante es que estás bien.
—¿Saben algo de Clara? —pregunté
—Clara qué —respondió mi madre

En ese momento me entendí que había perdido el premio, giré la cabeza hacia la ventana como buscando las palabras correctas para poder definir la sensación que tenía en ese momento, comencé a sentir el dolor en mi cadera y me invadió una fuerte tristeza. Se abrió la puerta y entró el doctor Cabero, saludo a mis padres y les pidió que lo acompañaran afuera de la habitación un momento. Luego entró solo y se sentó a mi lado.


—Bueno Máximo, al parecer nadie sabe lo que hacías tirado en la calle frente al centro comercial ¿no? —dijo mientras se acomodaba.


El doctor Cabero era el médico responsable de mi tratamiento en esta clínica.


—Doctor, ¿usted qué hace aquí? Estoy aquí por el accidente…

—Si, has salido en todos los noticieros —dijo interrumpiendo mi pregunta— y estoy al corriente de tu caso pero no he venido por eso.
—¿Entonces?
—Ya sabemos lo que tienes Máximo —el tono de su voz era suave.
—¿Y que tengo? —el corazón me daba un vuelco en el pecho, había esperado mucho por este momento.
—Se llama Síndrome de Gerstmann-Sträussler-Scheinker, es una enfermedad nada común, de carácter neurodegenerativo, por eso las pérdidas de memoria y ahora la dificultad para hablar, está provocada por un patógeno resistente a las proteasas llamado prión…
—¿Tiene cura doctor? —interrumpí sorprendido por lo que estaba oyendo
—Al ser una enfermedad tan rara no tiene cura y tampoco se han desarrollado tratamientos para paliar los efectos de la enfermedad —dijo suavemente.
—O sea que, ¿voy a morir? —sentí que un puñal frío me atravesaba la espina dorsal
—Según los estudios que tenemos, la duración de la enfermedad puede variar desde 3 meses a 15 años, con una duración media de 5 años. Lo siento Máximo. Ya se lo he dicho a tus padres, ellos te dirán lo que vamos a hacer a partir de ahora ¿de acuerdo? cualquier duda ellos tienen mi teléfono, así que cualquier consulta ya saben que me pueden llamar cuando quieran. Ahora te vamos a cuidar mientras estés aquí.

Me di cuenta que en ese momento que mi vida estaba acabada y comencé a llorar, vinieron enfermeras a ponerme unos calmantes y me sentí mejor. No podía dejar de pensar en todo lo que estaba perdiendo en las últimas horas, ya no era sólo el dinero, ahora comenzaría a ver mi vida acabarse vertiginosamente, sin haber hecho nada realmente trascendente para mi.


Mirando en Wikipedia vi que la probabilidad de tener mi enfermedad es de una en cada cien millones de personas, me hizo gracia por que la probabilidad de que te toque la lotería es una en 76 millones. Se dice que la lotería es el impuesto que el gobierno le cobra al pueblo por no saber matemáticas. ¿Qué es aquello que desconozco para que el universo me premie arrebatandome la vida?


En los días sucesivos no dejaron de llegar mensajes, flores y bombones a la habitación por el accidente del que todavía se hablaba en algunos medios de comunicación, mis padres hacían lo posible por protegerme pero, en el caso de los regalos, se encargaban de que viera todos con la esperanza de animarme. Esta misma tarde han tocado a la puerta y mi madre ha dejado pasar al repartidor que traía un arreglo de unas cien orquídeas para mi. El hombre dejó las flores en el suelo porque ocupaban mucho espacio.


—Hay más —dijo saliendo de la habitación


Volvió con varias cajas de chocolates de todo tipo.


—Hay más —dijo saliendo nuevamente


Volvió con varios paquetes, de diferentes tamaños, envueltos como los regalos en navidad. Los acomodó donde pudo y se dirigió a mí para preguntarme el DNI y hacerme firmar conforme había recibido el encargo. Lo hice y mientras se marchaba le pregunté quién enviaba todo esto.


—En las flores hay una tarjeta —dijo mi madre

—Mamá dame la tarjeta rápido —dije casi gritando.

Ella me alcanzó el sobre y al abrirlo pude comprobar que no se trataba de una tarjeta común, sino de un papel con el formato para hacer las apuestas de fútbol, estaba sin rellenar pero llevaba escrito con rotulador negro un mensaje que se leía claramente:


Recuerda que participar es lo importante, el dinero no.

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